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John Piper

La soberanía de Dios y la oración

John Piper

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A menudo me preguntan, “Si crees que Dios obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad (Efesios 1:11) y que su conocimiento de las cosas pasadas, presentes y futuras es infalible entonces, ¿de qué sirve rezar para que algo ocurra?”. Normalmente, me hacen esta pregunta en referencia a la decisión humana: “Si Dios predestinó a algunos a ser sus hijos y los escogió antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4,5), entonces, ¿de qué sirve rezar para que alguien se convierta?”

El argumento implícito aquí es que, si la oración es si quiera posible, el hombre debe tener el poder de la autodeterminación. Es decir, que todas las decisiones del hombre deben pertenecer, en definitiva, al propio hombre y no a Dios. De lo contrario, el hombre está determinado por Dios y todas sus decisiones están, en realidad, fijas en el consejo eterno de Dios. Examinemos si este argumento es razonable analizando el ejemplo que hemos citado más arriba.

1. “¿Por qué rezar para que alguien se convierta si Dios ha elegido, antes de la fundación del mundo, quiénes serán sus hijos? Una persona necesitada de conversión está “muerta en sus delitos y pecados” (Efesios 2:1); es “esclava del pecado” (Romanos 6:17; Juan 8:34); “el dios de este mundo ha cegado su mente para que no pueda ver el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo” (2 Corintios 4:4); su corazón está endurecido contra Dios (Efesios 4:18) y es hostil hacia Dios y se rebela contra la voluntad de Dios (Romanos 8:7).

La oración se parece a la predicación en que ambas son actos humanos. Es un acto humano ordenado por Dios y en el que se deleita, porque refleja la dependencia que tienen en Él sus criaturas.

Ahora, me gustaría devolverle la pregunta a quien me la hizo: si insistes en que este hombre debe tener el poder de la autodeterminación definitiva, ¿de que sirve rezar por él? ¿Qué quieres que Dios haga por Él? No puedes pedir a Dios que supere la rebelión del hombre, pues es precisamente la rebelión lo que el hombre elige ahora, por lo que eso significaría que Dios habría superado su elección y le habría quitado su poder de autodeterminación. Pero ¿cómo puede Dios salvar a este hombre a menos que actúe de tal manera que cambie el corazón del hombre de la dura hostilidad a la tierna confianza?

¿Rezarías para que Dios iluminara su mente para que este hombre pudiera ver la belleza de Cristo y creyera? Si rezas por esto, estás, en definitiva, pidiendo a Dios que ya no deje la determinación de la voluntad del hombre en manos del propio hombre. Estás pidiendo a Dios que haga algo en el interior de la mente (o el corazón) del hombre para que vea y crea. Es decir, estás concediendo la determinación definitiva de la decisión del hombre para confiar en que Cristo es de Dios, no únicamente suyo.

Lo que intento decir es que no es la doctrina de la soberanía de Dios lo que hace que fracasen las oraciones para la conversión de pecadores. Al contrario, es la noción no bíblica de la autodeterminación lo que haría acabar de manera consistente con todas las oraciones para los perdidos.

La oración es una petición para que Dios haga algo. Pero lo único que Dios puede hacer para salvar el alma de un pecador es superar su resistencia a Dios. Si insistes en que retenga su autodeterminación, entonces estás insistiendo en que permanezca sin Cristo. Porque “nadie puede venir a Cristo si no se lo ha concedido el Padre” (Juan 6:65,44).

Sólo la persona que rechaza la autodeterminación humana puede rezar de manera consistente para que Dios salve a los perdidos. Mi oración por los no creyentes es que Dios haga por ellos lo que hizo por Lydia: Él abrió su corazón para que ella aceptara lo que dijo Pablo (Actos 16:14). Rezaré para que Dios, que una vez dijo “¡Hágase la luz!”, mediante el mismo poder creativo “reluzca en sus corazones para darles la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo” (2 Corintios 4:6).

Rezaré para que Él “elimine sus corazones de piedra y les dé un corazón de carne (Ezequiel 36:26). Rezaré para que nazcan no de la voluntad de la carne ni de la voluntad del hombre, sino de la voluntad de Dios (Juan 1:13). Y con todas mis oraciones intentaré “ser amable y enseñar y corregir tiernamente por si acaso Dios les da el arrepentimiento y los libera del lazo de Satán” (2 Timoteo 2:24-26).

En resumen, no le pido a Dios que espere a que mi vecino decida cambiar. No le sugiero a Dios que se mantenga a distancia por si acaso su belleza se vuelve irresistible y viola el poder de autodeterminación de mi vecino. ¡No! Le pido que embelese a mi vecino no creyente con su belleza, que libere la voluntad encadenada, que devuelva la vida a los muertos y que no se detenga ante nada para que mi vecino no perezca.

2. Si alguien dice ahora, “Muy bien, suponiendo que la conversión de una persona venga determinada en última instancia por Dios, aún no entiendo el por qué de tus oraciones. Si Dios eligió antes de la fundación del mundo quiénes serían convertidos, ¿qué función cumplen tus oraciones?” Mi respuesta es que tienen la misma función que tiene predicar: ¿cómo podrían los perdidos creer en aquel al que no han escuchado? y, ¿cómo podrían escucharlo sin un predicador? y, ¿cómo podrían predicar si no hubieran sido enviados? (Romanos 10:14f.) Creen en Cristo es un regalo de Dios (Juan 6:65; 2 Timoteo 2:25; Efesios 2:8), pero Dios ha ordenado que los medios por los que los hombres creen en Jesús sea a través de la predicación de los hombres.

Es muy ingenuo decir que si nadie extendiera el evangelio todos aquellos predestinados a ser hijos de Dios (Efesios 1:5) se convertirían de todas formas. Esto es ingenuo porque pasa por alto el hecho de que predicar el evangelio es algo tan predestinado como lo es creer en el evangelio: Pablo estaba predestinado a su ministerio de predicador antes de nacer (Gálatas 1:15), al igual que Jeremías (Jeremías 1:5). Por lo tanto, preguntar, “Si no evangelizamos, ¿se salvarán los elegidos?” es como preguntar, “Si no hay predestinación, ¿se salvarán los predestinados?” Dios conoce a los que son suyos y enviará mensajeros a buscarlos.

Si alguien rechaza ser parte de ese plan, porque no le gusta la idea de que lo manipulen antes de nacer, entonces él sale perdiendo, no Dios ni los elegidos. “Sin duda llevarás a cabo el propósito de Dios actúes como actúes pero hay una diferencia entre servir como Judas o como Juan”. (Problema del Dolor capítulo 7, Antología, p 910, cf. p 80)

La oración se parece a la predicación en que ambas son actos humanos. Es un acto humano ordenado por Dios y en el que se deleita, porque refleja la dependencia que tienen en Él sus criaturas.

Él ha prometido responder a la oración, y su respuesta es sólo un reclamo para nuestra oración ya que ésta se hace conforme a su voluntad. “Y esta es la confianza que tenemos frente a Él, la confianza de que si pedimos cualquier cosa según Su voluntad, Él nos escucha” (1 Juan 5:14). Cuando no sabemos cómo rezar según su voluntad pero lo queremos sinceramente, “el Espíritu de Dios intercede por nosotros según la voluntad de Dios” (Romanos 8:27).

En otras palabras, al igual que Dios se asegurará de que Su Palabra se proclame como manera de salvar a los elegidos, también se asegurará de que se hagan todas las oraciones a las que Él ha prometido responder. Creo que las palabras de Pablo en Romanos 15:18 se pueden aplicar perfectamente a este sermón y a su ministerio: “No me atreveré a hablar de nada excepto de aquello que Cristo a hecho a través de mí, resultando en la obediencia de los Gentiles”.

Incluso nuestras oraciones son un regalo para aquel que “trabaja en nosotros aquello que es agradable a sus ojos” (Hebreos 13:21). ¡Oh, que agradecidos tenemos que estar de que nos haya elegido para utilizarnos en este importante servicio! ¡Que deseosos deberíamos estar de pasar mucho tiempo en nuestras oraciones!

John Piper estudió Literatura y Filosofía en Wheaton College. Después de la Universidad, completó una Licenciatura en Teología en el Seminario Teológico Fuller, en Pasadena California. Fue a través de Daniel Fuller que descubrió los escritos de Jonathan Edwards. John Piper hizo un doctorado en Estudios del Nuevo Testamento, en la Universidad de Munich, Alemania. En 1980, John Piper se convirtió en el Pastor de la Iglesia Bautista de Belén, en Minneapolis, Minnesota dónde ha estado ministrando desde entonces. John Piper ha escrito cuantiosos libros como: La Supremacia de Cristo, Pacto Matrimonial, Los Peligros del Deleite, No Desperdicies Tu Vida, etc.

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