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La Santidad de Dios
R.C. Sproul
 

Isaías 6:1-8

En el año de la muerte del Rey Ozías...

La historia de Ozías se encuentra en el Segundo libro de las crónicas, capítulo 26. Se encontraba entre ese puñado de reyes buenos que había entre los reyes corruptos sobre los que leemos en la historia de Israel.

En el campo de batalla, solo David lo superaba en logros. Hacía lo que era correcto, pero en la vejez se volvió orgulloso y concluyó su vida al igual que uno de los héroes trágicos de Shakespeare. En su orgullo, abusó de su papel como sacerdote y en ese mismo instante, Dios lo castigó con la lepra El año 52 de su reinado terminó en vergüenza y desgracia…

Vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso...

Pero el trono de Israel no estaba vacante, pues el Señor lo ocupaba.

La Biblia usa la palabra "Señor" de dos formas.

Señor escrito en minúsculas es una especie de sinónimo para adonai. Es el título más elevado que se le otorga a Dios en el Antiguo Testamento, representando su soberanía absoluta.

SEÑOR, escrito en mayúsculas, es Yavé. Pues este es el nombre sagrado e inefable de Dios. Así pues, "Señor" es el título elevado de Dios, y "SEÑOR" no es otra cosa que su nombre. El título, Señor, que se le reserva a Dios en el Antiguo Testamento, se le da a Cristo en el Nuevo Testamento. Por tanto, cuando se dice que Jesús posee el nombre por encima de cualquier otro nombre, no se trata del "Jesús" del que habla Pablo, sino curios, adonai. …

y la orla de su manto llenaba el templo...

La orla del manto de un gobernante sirve como medida de su estatus. A él se le juzga por la tela y la esencia de su vestimenta. El manto de Dios llega hasta el borde de su trono y se desparrama por el santuario, llenando el templo en el que Él se sienta.

Y vi serafines en pie junto a él, cada uno con seis alas...

Las criaturas de Dios son adecuadas para el entorno en el que se desenvuelven. Los pájaros tienen alas y estructuras óseas ligeras porque el aire es su hábitat. Los peces tienen agallas, escamas y colas para vivir bajo el agua. Y los serafines poseen una anatomía que es funcional en su hábitat natural: la presencia de Dios.

La de los serafines requería cierta aparatosidad anatómica:

...con dos alas se cubrían el rostro...

Moisés le pidió al Señor en una ocasión que le permitiera ver su rostro. Pero Dios le contestó que no comprendía su pregunta. Dios le permitió echar un vistazo momentáneo a su espalda, pero no le permitió ver su rostro. Podría haber encontrado la muerte.

Pero el problema no reside en la vista, sino en el alma. En las bienaventuranzas, ¿quién vislumbra a Dios? aquellos que son puros de corazón.

Aquellas criaturas que se concibieron para vivir ante Dios, han de estar diseñadas para resistir ante su presencia.

...con dos alas se cubrían los pies...

Los pies son un símbolo de la existencia como criaturas. La voz del arbusto en llamas pide a Moisés que se quite los zapatos, por estar de pie en lugar sagrado. ¿Qué era lo que lo hacía sagrado? No era Moisés, sino la presencia de Dios. Los pies de Moisés representaban que él era de polvo. Incluso los pies de los ángeles representan su condición de criaturas.

...con dos alas se cernían...

Y se gritaban uno a otro, diciendo: -« ¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria! »

El mensaje de los serafines no tiene otro fin que el de proclamar la gloria de Dios, su peso, su esencia, su majestuosidad. Es esta gloria lo que provoca que los ángeles canten santo.

¿Por qué tres veces santo?

Al igual que ahora resaltamos en negrita, en cursiva o mediante el subrayado, la repetición era la forma de los hebreos para dar énfasis. Pablo, en Gálatas 1:8-9, escribe dos veces que aquellos que prediquen un evangelio distinto han de quedar malditos. Y Jesús nunca utiliza un lenguaje incoherente, así que resulta significativo que el prefacio de sus palabras sea amen, amen; o en verdad, en verdad. En efecto, a lo que él se refiere es «Presta atención. ¡Es de gran importancia!»

Así pues, los ángeles no se contentan con «¡Santo!» Y tampoco se contentan con enfatizarlo dos veces: «¡Santo!, ¡Santo!», sino que han de decirlo tres veces: «¡Santo!, ¡Santo! ¡Santo!» Lo elevan al tercer grado, al plano superlativo. Ningún otro atributo de Dios se ensalza como se hace con este. Ni el amor, ni la piedad, la justicia o la soberanía. Solo su santidad.

...Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo...

Si la santidad de Dios no te ilumina, es que no hay chispa en ti. Incluso las mudas estructuras de madera y piedra muestran sensatez al temblar en presencia de Dios.

Yo dije: « ¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos.»

Isaías fue un hombre de integridad y, sin embargo, una visión sobre la santidad de Dios casi le hace desmoronarse. Siempre y cuando nuestra vista se fije en el plano horizontal de esta tierra, no tendremos problemas. Pero en el momento que alcemos la vista al cielo y contemplemos lo que Dios representa, nos quebraremos. La seguridad y la presunción quedarán aniquiladas. Los santos no pueden si no temblar al vislumbrar a Dios.

Cuando Isaías descubre quién es Dios, pronuncia un auspicio de condenación para sí mismo, una maldición. Esta primera vez en la que ve a Dios resulta ser también el momento en el que descubre lo que es él en verdad. Comprende que era un hombre de labios impuros cuya impureza era una epidemia, una pandemia.

...Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: «Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.»

Dios no permitió que su siervo se denigrara. Actuó con misericordia. Una misericordia severa. Le pone un ascua en los labios. Escuchad el siseo de la carne al quemarse, el grito ahogado de Isaías. Su pecado ha desaparecido, ha sido expiado. La bendición de Isaías no fue en absoluto barata. La bendición gratuita trae consigo algo de dolor. No se trataba, sin embargo, de atormentar a Isaías, sino de limpiarlo. Nuestro Señor cauterizó los labios de su siervo. Y perdonó su pecado.

Entonces escuché la voz del Señor, que decía: -«¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?» Contesté: «Aquí estoy, mándame.»

No sé cómo pudo hablar Isaías, pero cuando Dios pregunta a quién enviar, Isaías responde «Aquí estoy, mándame.»

Cada uno de nosotros, quienes hemos sido ordenados en el sacerdocio de Cristo, posee esa vocación. Reflexionad sobre cuándo esa bendición os ocurrió a vosotros. Son miles los que reniegan del sacerdocio cuando ven que no hay ningún atractivo en ello. Sin embargo, siguen aludiendo a quién es al que servís. Lo único que nos cualifica para el sacerdocio es el conocimiento de nuestro perdón. Y que sabemos de la dulzura y majestuosidad de Dios, que ha limpiado nuestros labios.

 

 

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