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El deber y el honor
R.C. Sproul
 

Hace muchos años, participé en una reunión con unos empresarios en Jackson, Misisipí. En el transcurso de la conversación, uno de ellos hizo referencia a otro hombre que no estaba presente allí.

Dijo: “Él es un hombre honrado.” Al escuchar este comentario, aguzé el oído ya que, por un momento, pensé que estaba escuchando una otra lengua hablado. Entonces me di cuenta de que estaba en el medio del Profundo Sur, donde las viejas costumbres no han sido erradicadas por completo y, sin embargo, aún no podía sobreponerme al hecho de que alguien, en estos tiempos que corren, había usado la palabra honor como un término descriptivo para referirse a otro hombre.

El término honor se ha convertido en una palabra un tanto arcaica. Tal vez recordemos el famoso discurso que dio el General Douglas MacArthur en West Point, titulado “Deber, Honor, País,” pero eso fue hace más de medio siglo. Actualmente, la palabra honor casi ha desaparecido de la lengua inglés. Prácticamente, sólo veo esta palabra impresa es en pegatinas de parachoques que exponen que el dueño del automóvil tiene un hijo que está en el "cuadro de honor," pero el "cuadro de honor" es, tal vez, el último remanente vestigial de un concepto olvidado.

Hablo sobre el honor porque el diccionario enumera este término honor como el principal sinónimo para la palabra integridad. En este artículo me interesa preguntar: ¿cuál es el significado de integridad? Si vemos las definiciones comunes que nos dan los lexicógrafos, como por ejemplo, las del diccionario Webster, podemos encontrarnos con varios sentidos. En primer lugar, la integridad es definida como "la adherencia inflexible a principios morales y éticos." Segundo, integridad significa “firmeza de carácter.” Tercero, integridad significa “honestidad.” Cuarto, integridad refiere al “todo y completo.” Quinto y último, integridad significa ser “irreprochable en su propio carácter.”

Ahora, estas definiciones describen personas que son casi tan raras, como lo es el uso del término honor. En el primer caso, la integridad describiría a alguien que podríamos llamar “una persona de principios." Esta persona de principios es, según como lo define el diccionario, alguien que es inflexible.

La persona no es inflexible en cada negociación o discusión sobre asuntos importantes, pero sí lo es respecto a principios éticos o morales. Esta es una persona que pone los principios por delante de los beneficios personales. El arte del compromiso es una virtud en una cultura políticamente correcta, pero lo políticamente correcto es, en sí mismo, modificado por el adjetivo calificativo político. Ser político es, con frecuencia, ser una persona que compromete todo, incluyendo a los principios.

También vemos que la integridad refiere a la firmeza de carácter y honestidad. Cuando miramos el Nuevo Testamento, por ejemplo, en la Epístola de Santiago, Santiago proporciona una lista de virtudes que deben volverse manifiestas en la vida cristiana. En el capítulo 5 de esa carta, en el verso 12, él escribe: “Y sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni con ningún otro juramento; antes bien, sea vuestro sí, sí, y vuestro no, no, para que no caigáis bajo juicio.” Aquí, Santiago eleva la fiabilidad de la palabra de una persona, un simple sí o no, al rango de una virtud que está "sobre todo."

Lo que Santiago está estableciendo, es que la integridad requiere de un tipo de honestidad que indica que cuando decimos que vamos a hacer algo, nuestra palabra es nuestro lazo. No deberíamos necesitar juramentos o promesas sagradas para ser fiables. Puede confiarse en las personas íntegras solo en base a lo que dicen.

En nuestra cultura vemos, una y otra vez, la distinción entre un político y un estadista. Una persona que conozco los distinguió en los siguientes términos: Un político es una persona que mira hacia la próxima elección, mientras que un estadista es una persona que mira hacia la próxima generación.

Reconozco que hay cierto cinismo inherente a esa diferenciación, que tiene que ver con la idea de que los políticos son personas que comprometerán las virtudes o los principios con el fin de ser elegidos o para mantener su cargo. Esa carencia de virtud no sólo se observa en los políticos sino que puede encontrarse también, diariamente, en las iglesias, que a veces parecen estar llenas de pastores que están preparados para comprometer la verdad del Evangelio por el bien de su propia popularidad. Esta es la misma ausencia de integridad que destruyó la nación de Israel en el Antiguo Testamento, donde los falsos profetas proclamaban lo que sabían que la gente quería escuchar en lugar de lo que Dios les había mandado decir. Esa es la quintaesencia de la falta de integridad.

Cuando llegamos al Nuevo Testamento, nos encontramos con el más alto ejemplo de falta de integridad en la sentencia dada a Jesús por el procurador romano, Poncio Pilatos. Luego de examinar e interrogar a Jesús, Pilatos hizo el anuncio a la ruidosa multitud. “No encontré ninguna culpa en él." Sin embargo, tras realizar esta declaración, Pilatos estaba dispuesto a entregar al Hombre Impecable a los manos de la furiosa muchedumbre. Este fue un claro acto de compromiso político en el que los principios y la ética fueron arrojados al viento para calmar a una multitud embravecida.

Miremos nuevamente en el Antiguo Testamento, la experiencia del profeta Isaías en su visión registrada en el capítulo 6 de ese libro. Recordemos que Isaías vio al Señor elevado en lo alto, como así también al serafín cantando el Trisagio: "Santo, Santo, Santo.” En respuesta a esta epifanía, Isaías gritó, “Ay de mí,” anunciando una maldición sobre sí mismo. Él dijo que la razón de su maldición era que él estaba “perdido" o “arruinado.”

Lo que Isaías experimentó en ese momento fue la desintegración humana. Antes de esa visión, Isaías era visto como el hombre más correcto de la nación. Se paraba seguro y confiado sobre su propia integridad. Todo se mantenía unido gracias a su virtud. Se consideraba a sí mismo como una persona entera, íntegra, pero tan pronto como vio el último modelo y estándar de integridad y virtud en la personalidad de Dios, experimentó la desintegración. Se desmoronó, al darse cuenta que su sentido de integridad era, como mucho, una pretensión.

Calvino indicó que esto es lo común en la mayoría de los seres humanos quienes, mientras mantienen su mirada fija en el nivel de la experiencia horizontal o terrestre, se felicitan a sí mismos y se consideran, con halagos, apenas un poco menos que semi-dioses. Pero una vez que alzan la mirada hacia el cielo y consideran, aunque sea por un momento, qué clase de ser es Dios, se paran temblando, siendo completamente desmentida cualquier ilusión de integridad.

El cristiano debe reflejar el carácter de Dios. El cristiano debe volverse inflexible con respecto a los principios éticos. El cristiano es llamado a ser una persona de honor en cuya palabra puede confiarse.

 

 

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